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El cambio light de Cepeda: progresismo diluido y otra vez la puerta abierta a la derecha

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Ivan Cepeda, mueve tablero para ganar en primera vuelta

Hay campañas que envejecen mal porque se radicalizan sin cálculo. La de Iván Cepeda está corriendo el riesgo contrario: envejecer mal porque se está volviendo demasiado prudente, demasiado negociada, demasiado parecida a esa vieja política de los “acuerdos amplios” que termina rebajando el programa para no incomodar a nadie. Lo que empezó como una candidatura de continuidad del cambio hoy luce cada vez más como un cambio light: menos filo, más concertación; menos ruptura, más acomodo.

No es una impresión vaga. Es una secuencia política visible. Primero vino la alianza con Juan Fernando Cristo, presentada como el inicio de una nueva fase por fuera del Pacto Histórico. El propio El País la describió así: un paso de apertura hacia una coalición más amplia de cara a la primera vuelta. Pero esa apertura no llegó gratis. Cristo no solo se sumó: puso condiciones. Habló de “más concertación y menos confrontación”, pidió rectificar políticas que no dieron resultado, calificó de desgastada la paz total y tachó de “inconveniente” e “inoportuna” la idea de una Asamblea Constituyente. Es decir, el apoyo vino con poda ideológica incorporada.

Después llegó el respaldo de Ariel Ávila y de un sector de la Alianza Verde. Cepeda celebró el acuerdo con “el ala progresista” del partido y aprovechó el evento para lanzar un llamado directo a la ciudadanía del centro político. No fue un gesto menor ni un saludo retórico. Semana recogió sus palabras con claridad: pidió que el centro acompañe su candidatura y dijo que está conversando con distintos sectores. Infobae añadió otro dato que merece atención: en ese mismo acto, Cepeda afirmó que ha recibido expresiones de apoyo de dirigentes y congresistas liberales, conservadores, del Partido de la U y de otras agrupaciones políticas. Eso ya no es solo apertura. Eso es una estrategia deliberada de ensanche hacia el establishment.

La operación tiene un objetivo evidente: ganar en primera vuelta. Tanto en las reacciones a la alianza con Cristo como en el cubrimiento de las movidas del Pacto Histórico aparece una obsesión común: evitar la dispersión, sumar por fuera del núcleo duro y llegar al 31 de mayo con una coalición lo suficientemente amplia como para cerrar la elección de una vez. Infobae recogió que Gustavo Bolívar defendió la llegada de Cristo en nombre de la unidad para asegurar el triunfo en primera vuelta. El Espectador fue todavía más explícito: el oficialismo intensificó contactos con varias corrientes para lograr la victoria ese mismo día, y su “Alianza por la Vida” se convirtió en el eje con el que busca seducir a partidos y movimientos políticos.

La nueva amplitud de Cepeda no se está construyendo sobre más programa, sino sobre más concesiones

Ese es el punto de fondo. Una cosa es ampliar una mayoría popular sin renunciar al corazón de una agenda transformadora. Otra muy distinta es empezar a moderar el proyecto para tranquilizar a quienes siempre llegan tarde al cambio, pero temprano al reparto. Lo que está ocurriendo alrededor de Cepeda se parece mucho más a lo segundo.

La alianza con Cristo es el ejemplo más claro. No se trata de un dirigente cualquiera, sino de un exministro liberal que entró a la campaña marcando distancia frente a dos emblemas de la izquierda gobernante: la paz total y la Constituyente. No llegó a profundizar el proyecto, sino a *corregirlo hacia un tono más aceptable para los sectores de centro liberal. Y Cepeda no solo aceptó esa compañía: la convirtió en vitrina de apertura. El mensaje implícito fue transparente. Para ganar, hay que rebajar el perfil del cambio.

Con Ariel Ávila ocurre algo parecido, aunque por otra vía. Ávila no viene de la derecha, pero su adhesión sí refuerza la lógica de un progresismo administrable, uno que privilegia la agregación de sellos, bancadas y redes territoriales antes que la nitidez doctrinaria. El Espectador reportó que el bloque oficialista ha desplegado contactos con varios sectores y que en la Alianza Verde ya hay una franja que respalda a Cepeda, mientras otros verdes orbitan entre Claudia López, Sergio Fajardo o incluso Paloma Valencia. Semana mostró la misma foto desde otro ángulo: una Alianza Verde implosionada, con varios de sus nombres cayendo en la campaña de Cepeda y otros buscando cobijo en sectores muy distintos. Lo que Cepeda vende como apertura también puede leerse como absorción de una política desideologizada, flotante, disponible para el mejor ensamblaje electoral.

El problema es que esa ruta no amplía necesariamente el cambio: muchas veces lo diluye. Porque cuando un candidato empieza a construir mayoría prometiendo tranquilidad a liberales, guiños al centro, puentes con verdes fragmentados y mensajes de gobernabilidad para sectores tradicionales, lo que termina emergiendo no es una izquierda más fuerte, sino una izquierda más tolerable para quienes siempre han querido domesticarla.

La señal política ya cambió: Cepeda dejó de pedir un mandato para transformar y empezó a pedir permiso para no asustar

Hay una frase que delata el viraje. En el acto con los verdes, Cepeda llamó a una ciudadanía del centro que, según él, no debe caer en “equilibrios vacíos” ni “neutralidades cómodas”. La frase busca sonar épica, pero esconde la verdadera novedad: ya no está hablándole solo al país del cambio; está hablándole al país del permiso*. Está diciéndole al centro que hay espacio para sentirse seguro dentro de su campaña. Y en política, cuando el centro se siente demasiado seguro, normalmente es porque el cambio ya empezó a perder temperatura.

Eso explica también por qué su lenguaje se ha vuelto más cuidadoso. El Colombiano anotó que uno de los puentes de Cepeda hacia fuera de su espectro ideológico era precisamente la alianza con Juan Fernando Cristo. Hoy ese puente ya no es una excepción: se está convirtiendo en la columna vertebral de su expansión. A la vez, El País ha mostrado que el desafío electoral de Cepeda ya no es solo consolidar a la izquierda, sino responder a una campaña que se mueve hacia posiciones más moderadas y más competitivas en centro. En vez de forzar un contraste fuerte, Cepeda parece estar optando por acercarse a ese mismo terreno.

La jugada puede tener lógica electoral. Pero también tiene un costo. Porque cada alianza de este tipo reorganiza prioridades, lenguajes y silencios. Si Cristo entra con reparos a la paz total y a la Constituyente, ese programa se modera. Si el centro entra pidiendo “concertación”, la confrontación con poderes reales se hace más blanda. Si la narrativa se llena de acuerdos con liberales, verdes, conservadores sueltos y sectores de La U, el horizonte ya no es transformación sino administración.

Y cuando la izquierda se administra demasiado, la derecha no desaparece: se infiltra

Ahí está el punto más incómodo de esta historia. La derecha en Colombia no siempre entra por la puerta principal con uniforme y bandera. A veces entra por la puerta lateral, como criterio de viabilidad, como exigencia de moderación, como lenguaje de responsabilidad, como advertencia contra lo “radical”, como llamado a no polarizar, como tutela sobre lo que sí se puede y lo que no. En otras palabras: entra cuando la izquierda empieza a negociar su intensidad para parecer gobernable.

Eso es lo que vuelve tan frágil el giro de Cepeda. Sus nuevos apoyos no son, en sí mismos, una traición automática. Pero sí son una señal de desplazamiento. Cristo no representa una profundización del cambio; representa su poda. El centro verde que aterriza con Ariel Ávila no representa una radicalización democrática; representa un corrimiento hacia una coalición más cómoda para el sistema. Y el propio Cepeda lo está diciendo sin rodeos cuando invita al centro, cuando habla de alianzas con liberales y conservadores, cuando vende una amplitud que cada vez se parece menos a un frente popular y más a una suma de respetabilidades.

Por eso el problema no es solo con quién se alía. El problema es *qué deja de decir* para poder aliarse. Qué promete corregir. Qué banderas baja de volumen. Qué conflictos decide suavizar. Qué sectores empieza a tranquilizar. En nombre de frenar a la ultraderecha, termina ofreciéndole al establecimiento una izquierda menos incómoda, menos impaciente, menos peligrosa para sus privilegios.

Mientras Cepeda negocia amplitud, la izquierda real corre el riesgo de quedarse sin voz propia

En este punto conviene mirar la escena completa. El Espectador reportó que, al mismo tiempo que el Pacto mueve fichas para adherir nuevos sectores, también ha tendido puentes hacia figuras que siguen por fuera, entre ellas Carlos Caicedo, pese a sus diferencias con Petro y con partes del programa de Cepeda. Esa sola necesidad dice mucho: si el oficialismo todavía busca jalar a candidaturas que no ha podido absorber, es porque sabe que su unidad sigue siendo incompleta. Y también porque sabe que todavía existen referentes que no quieren entrar a una coalición cada vez más negociada.

No se trata aquí de abrir otro debate de candidaturas, sino de señalar una evidencia: cuando la campaña de Cepeda se llena de adhesiones respetables por fuera del Pacto, al mismo tiempo se vacía de una idea más exigente de transformación. La izquierda que se prometía histórica empieza a parecer una izquierda de transición; la que se presentaba como ruptura empieza a sonar a adaptación. Y cuando eso ocurre, no es extraño que muchos votantes sientan que otra vez los están llevando al mismo lugar por un camino distinto.

El riesgo ya no es que Cepeda pierda por radical: el riesgo es que gane pareciéndose demasiado a lo que decía combatir

Esa es la paradoja final. Durante años, el miedo del progresismo fue que una candidatura fuerte perdiera por no tender puentes, por no ampliar base, por no hablarle al centro. Hoy el peligro parece otro: que en el intento de hablarle a todos, termine dejando de hablar claro. Que en el esfuerzo por cerrar la elección en primera vuelta, la campaña pierda la temperatura histórica que alguna vez la hizo necesaria.

El cambio light puede ser eficaz en consultoría. Puede tranquilizar editoriales, sumar congresistas, ordenar foto de unidad, atraer maquinaria blanda y maquillar respetabilidad. Pero rara vez transforma algo de verdad. Y en Colombia, cada vez que la izquierda renuncia a incomodar para verse responsable, lo que termina regresando no es el centro: es la tutela de los mismos de siempre sobre el cambio posible.

Eso es lo que hoy empieza a pasar con Cepeda. No porque haya dejado de decirse de izquierda. Sino porque su campaña ya empezó a moverse como si lo importante no fuera sostener una frontera política clara, sino volverla negociable. Y cuando la frontera se vuelve negociable, la derecha no necesita derrotarte. Le basta con entrar, sentarse y esperar a que tú mismo la normalices.

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