La nueva encuesta de AtlasIntel para Semana deja una de esas paradojas que pueden alterar una campaña entera. Iván Cepeda aparece primero en la intención de voto para primera vuelta, sí. Pero cuando la elección se convierte en una disputa real por mayoría, la historia cambia de golpe: pierde con la derecha y apenas logra una ventaja mínima frente a Sergio Fajardo. El dato no sirve solo para titular una encuesta. Sirve para abrir una pregunta mucho más incómoda dentro del progresismo: si Cepeda no gana el ballotage, ¿tiene sentido seguir tratándolo como el candidato inevitable de la izquierda?
En la lámina de primera vuelta, Cepeda registra 37,8% de votos totales. Muy por detrás quedan Abelardo de la Espriella con 27,2%, Paloma Valencia con 22,5% y Sergio Fajardo con 5,0%. A primera vista, el dato le permite al oficialismo vender fortaleza: es el primero, se despega y ordena su bloque. Pero la misma encuesta que le entrega esa foto también le prende una alerta roja en el tramo decisivo.
El liderazgo de Cepeda en primera vuelta no se convierte en mayoría de país
La prueba está en la segunda vuelta. El estudio mide cuatro escenarios. En dos de ellos, Cepeda pierde claramente con la derecha: 39,8% contra 48,8% frente a Abelardo de la Espriella, y 39,6% contra 47,1% frente a Paloma Valencia. En el tercer escenario, frente a Fajardo, apenas aparece arriba por 0,9 puntos: 38,3% contra 37,4%, con un bloque gigantesco de 24,3% entre blanco, nulo y no sabe. Eso no es una candidatura que cierre con solvencia. Es una candidatura que clasifica, pero no remata.
El hallazgo es político, no solo estadístico. La encuesta muestra que Cepeda tiene un voto duro grande, pero también un techo. Tiene capacidad para encabezar su campo, pero no para expandirse con comodidad cuando la elección se vuelve binaria. En otras palabras: es fuerte para entrar, pero todavía débil para ganar. Y esa diferencia, en una presidencial, lo es todo.
El contexto de la medición empeora el panorama. La misma encuesta registra que Petro tiene 57,2% de desaprobación y 40,5% de aprobación. Es decir, Cepeda lidera montado sobre un oficialismo que todavía conserva una base importante, pero también sobre un desgaste muy alto. Si esa carga no se corrige, la candidatura del Pacto parece condenada a una paradoja cada vez más visible: ser la más fuerte de la izquierda y, al mismo tiempo, una de las menos eficaces para armar mayoría nacional.
El problema no es solo Cepeda: es que el progresismo sigue confundiendo puntería de primera vuelta con viabilidad presidencial
Ahí está la discusión de fondo. Durante meses, buena parte del progresismo ha leído cualquier liderazgo de Cepeda como prueba de inevitabilidad. Pero esta encuesta obliga a separar dos cosas que no son lo mismo: ser el primero en una fragmentación de primera vuelta y ser el candidato correcto para ganar una segunda. Lo primero Cepeda lo está logrando. Lo segundo, por ahora, no.
El problema no es menor. Una campaña presidencial no se gana solo con fidelidad ideológica. Se gana sumando independientes, reduciendo rechazo, cruzando fronteras políticas y, sobre todo, soportando la comparación de gobierno frente a rivales duros. Y ahí la encuesta también es incómoda para el oficialismo. En los careos de confianza por áreas de gobierno, De la Espriella supera a Cepeda en criminalidad y narcotráfico, equilibrio fiscal y control del gasto, salud, economía e inflación, infraestructura, relaciones internacionales e impuestos. Paloma Valencia también lo supera en varias áreas clave, incluyendo criminalidad y narcotráfico, economía e inflación y relaciones internacionales, aunque Cepeda logra ventajas en otros campos como educación, fortalecimiento de la democracia y pobreza y desigualdad social.
Eso quiere decir que el problema de Cepeda no es solo aritmético. También es de percepción de gobierno. No basta con ser el primero en intención de voto si, al mismo tiempo, sectores amplios del electorado siguen viendo a tus rivales como administradores más confiables en temas decisivos. La encuesta no muestra a un candidato débil. Muestra algo más peligroso: un candidato fuerte, pero insuficiente.
Si Cepeda no cierra el ballotage, la izquierda está obligada a mirar más allá del oficialismo
Y ahí aparece la pregunta que hasta hace poco muchos en la izquierda evitaban hacerse. Si el techo de Cepeda ya está visible en abril, ¿de verdad conviene seguir actuando como si no existieran otras posibilidades dentro del mismo campo político?
No se trata de inventar datos que esta encuesta no trae, que no mide a Carlos Caicedo en segunda vuelta. Pero justamente por eso la discusión no tiene que ver con lo que Atlas midió sobre Caicedo, sino con lo que no está midiendo: si dentro de la izquierda existen perfiles con otra textura electoral, menos atados al desgaste del petrismo y con una historia de administración más concreta.
Caicedo, por ejemplo, no es un outsider improvisado. Fue rector de la Universidad del Magdalena, alcalde de Santa Marta y gobernador del Magdalena; es decir, pasó por universidad, ciudad y departamento antes de lanzarse a la Presidencia. Su trayectoria le permite presentarse como una izquierda territorial y ejecutiva, no solamente testimonial. Un informe institucional de Unimagdalena recuerda que durante la etapa conocida como “La Refundación de la Universidad del Magdalena” la institución pasó de 12 programas académicos a 24 y de 2.300 estudiantes presenciales a 10.000, además de absorber un déficit superior a 26 mil millones de pesos. Y en Santa Marta, durante su alcaldía, la ciudad alfabetizó a 17.000 personas y alcanzó un índice de analfabetismo del 2%, por debajo del umbral del 4% que se usa para considerar un territorio libre de analfabetismo.
No se trata aquí de convertir este artículo en una defensa de Caicedo ni de afirmar sin prueba que hoy ganaría un ballotage. Se trata de otra cosa: de admitir que, si la izquierda va a seguir pensando en términos de poder real y no solo de identidad partidaria, entonces tiene que empezar a discutir si su mejor carta es necesariamente la del candidato más orgánico al oficialismo o la del candidato que tenga más posibilidades de ganar y gobernar sin cargar entero el rechazo de Petro.
La gran pregunta que deja esta encuesta no es quién va primero: es quién puede evitar que la derecha gane en segunda
Ese es el punto exacto donde cambia la conversación. La lectura superficial del sondeo dice que Cepeda está fuerte. La lectura seria dice otra cosa: Cepeda puede estar encabezando una candidatura competitiva para entrar, pero no necesariamente una candidatura eficaz para cerrar. Y si esa evaluación se confirma en nuevas mediciones, el progresismo se enfrentará a un dilema que ha querido aplazar: insistir con el nombre más cómodo para el oficialismo o abrir la discusión sobre quién de verdad puede sostener un proyecto de izquierda sin entregarle la segunda vuelta a la derecha.
Porque eso es lo que hoy muestra la encuesta de Semana, más allá del ruido. No muestra un Cepeda invencible. Muestra un Cepeda con liderazgo parcial y victoria incompleta. Muestra una izquierda que sigue siendo fuerte para organizar a los suyos, pero todavía débil para volverse mayoría. Y, sobre todo, muestra que la elección de 2026 puede empezar a girar sobre una pregunta mucho más brutal que la que muchos querían hacerse: si Cepeda no gana en segunda, entonces quizá no basta con defenderlo; quizá ya es momento de mirar otras opciones.








