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Colombia no puede pagar la guerra de egos entre Petro y Noboa

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Petro y Noboa

La crisis entre Gustavo Petro y Daniel Noboa ya cruzó una línea peligrosa. Lo que empezó como una confrontación política y diplomática terminó aterrizando en el lugar más sensible de todos: el comercio, el empleo y la vida cotidiana de la frontera. Con aranceles del 100% desde ambos lados, el conflicto dejó de ser una pelea entre presidentes y se convirtió en un golpe directo para miles de personas que no decidieron esta guerra, pero sí van a pagarla.

Los números ayudan a entender la magnitud del problema. El intercambio bilateral ronda los 250 millones de dólares mensuales, y unas 2.700 empresas colombianas exportan a Ecuador. Cuando dos gobiernos convierten ese flujo en un pulso político, no castigan solo a sus rivales diplomáticos: castigan a exportadores, transportadores, comerciantes y trabajadores. En la frontera, donde la economía formal ya convive con fragilidad social y presión criminal, el golpe puede ser todavía más duro.

Noboa presentó la medida como una “tasa de seguridad” ligada al costo de proteger la frontera norte. Colombia respondió elevando también sus aranceles y llevando el caso a la Comunidad Andina. Pero una cosa es defender la soberanía y otra muy distinta dejar que la escalada termine asfixiando a la gente común. En ese punto, la posición colombiana tiene un argumento fuerte: Ecuador abrió una confrontación que, lejos de resolver inseguridad o narcotráfico, amenaza con empujar más comercio hacia la ilegalidad.

El riesgo no es abstracto. Cuando el comercio formal se bloquea, el contrabando gana espacio. Cuando las empresas dejan de mover mercancía, la economía criminal encuentra nuevos corredores. Y cuando el conflicto se instala en la frontera, los que más sufren no son los presidentes ni sus equipos de comunicación: son los territorios que viven de cruzar, vender, transportar y resistir.

Por eso esta crisis exige algo más que relato nacionalista. Colombia tiene derecho a defenderse, pero también tiene la obligación de no perder de vista quién paga los costos reales. Y hasta ahora, la respuesta más sensata sigue siendo esa: defender al país sin convertir una pelea entre mandatarios en una condena económica para su gente.

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