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Fajardo ya no compite con la derecha: le está haciendo la campaña

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Sergio Fajardo intensificó sus ataques contra Iván Cepeda y el Gobierno Petro con la paz total, la Constituyente y la corrupción. Su centro hoy parece menos una alternativa y más una herramienta de desgaste contra la izquierda.

Durante años, Sergio Fajardo quiso representar la idea de una tercera vía: ni izquierda oficialista ni derecha dura. Pero en esta campaña esa imagen empieza a desdibujarse. Su contraataque reciente se ha concentrado casi por completo en Iván Cepeda y en el legado del Gobierno Petro, usando como ejes la paz total, la Constituyente y los escándalos de corrupción. El problema es que, mientras más se dedica a golpear al progresismo, menos parece construir una alternativa propia y más termina ayudando al clima político de la derecha.

El movimiento no es casual. Según El País, Fajardo está intentando reconectar con un votante de centro desencantado con la izquierda, y para eso ha decidido endurecer su discurso. Presentó incluso un referendo llamado “Estabilidad Constitucional 2026-2034” para cerrarle el paso a la idea de una Asamblea Constituyente, y volvió a desplegar su bandera anticorrupción con el símbolo de las escobas, acompañado por Edna Bonilla y Jorge Enrique Robledo. La escena buscó recordar al viejo Fajardo de la ética pública. Pero también dejó ver su nuevo problema: para sobrevivir, su campaña necesita pegarle más al oficialismo que a sus rivales conservadores.

Ese giro lo pone en una posición incómoda. Porque un centro que dedica su energía principal a erosionar a la izquierda, en un escenario altamente polarizado, corre el riesgo de dejar de ser centro y volverse funcional a otra cosa. Hoy Fajardo parece menos concentrado en disputarle a Paloma Valencia o a De la Espriella el voto de orden, y más ocupado en quitarle legitimidad a Cepeda como heredero del progresismo. Su narrativa se acerca demasiado a la lógica de que el principal problema del país no es la derecha que se reorganiza, sino la izquierda que todavía compite.

La dificultad para Fajardo es que ese movimiento no necesariamente lo fortalece. Puede darle visibilidad, puede devolverle micrófono, puede hacerlo sonar más duro. Pero también puede vaciar lo poco que le quedaba de diferencia. Si el centro termina hablando casi igual que la oposición conservadora en temas como corrupción, paz total o estabilidad institucional, entonces deja de ofrecer una salida nueva y se convierte apenas en una vía más amable para el mismo desgaste.

Ahí está el corazón del problema. Fajardo no está logrando que su candidatura vuelva a ser deseable por sí misma. Está intentando que sea útil como correctivo del petrismo. Y eso lo mete en un terreno políticamente peligroso: el de un centro que, en vez de disputar un rumbo propio, termina funcionando como herramienta de vaciamiento para la izquierda. En una campaña como esta, eso no lo vuelve árbitro. Lo vuelve colaborador involuntario del otro bloque.

Por eso la crítica ya no es solo electoral. Es estratégica. Si el centro de Fajardo solo aparece cuando hay que pegarle a Cepeda, y casi nunca cuando hay que desarmar el programa de la derecha, entonces su campaña deja de parecer una alternativa independiente. Pasa a parecer una estación intermedia para votantes que no quieren asumirse de derecha todavía, pero ya están ayudando a que la derecha llegue más fuerte.

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