Inicio Economía Bogotá se prepara para El Niño: más reservas, pero con la mirada...

Bogotá se prepara para El Niño: más reservas, pero con la mirada puesta en evitar otra crisis de agua

8
0

Bogotá vuelve a mirar al cielo. A dos años de una de las crisis hídricas más complejas de su historia reciente, la ciudad enfrenta nuevamente la amenaza de un fenómeno de El Niño que podría poner a prueba su capacidad de respuesta. La diferencia, aseguran las autoridades, es que esta vez el sistema está mejor preparado.

El antecedente pesa. En 2024, la capital tuvo que recurrir a racionamientos prolongados de agua tras un periodo de sequía extrema que dejó al descubierto la fragilidad de su sistema de abastecimiento. Hoy, ante la probabilidad de un nuevo evento climático, el mensaje oficial busca transmitir tranquilidad: el racionamiento no está en los planes.

La Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá sostiene que las condiciones actuales son más favorables.

Los niveles de los embalses han mejorado y el sistema cuenta con mayor capacidad operativa para enfrentar una eventual disminución de lluvias. Sin embargo, la amenaza no es menor.

Los indicadores internacionales apuntan a un escenario complejo. El calentamiento de las aguas del Pacífico ecuatorial, especialmente en la región conocida como Niño 3.4, es uno de los principales signos que anticipan la formación de este fenómeno climático.

Las probabilidades son contundentes. La Organización Meteorológica Mundial estima un 40 % de probabilidad de formación entre mayo y julio, mientras que la NOAA eleva ese porcentaje al 61 %, con posibilidades de que el fenómeno se extienda hasta finales de año. En Colombia, el Ideam proyecta hasta un 90 % de probabilidad de consolidación hacia septiembre.

Más allá de las cifras, lo que preocupa es la intensidad. Existe un 25 % de probabilidad de que el fenómeno alcance niveles fuertes, en condiciones similares a eventos históricos como los de 1982-1983, 1997-1998 y 2015-2016.

En ese contexto, Bogotá aparece como uno de los puntos más vulnerables del país. La cuenca del río Bogotá ha sido señalada como un área crítica, lo que llevó a las autoridades ambientales a solicitar la activación de planes de contingencia.

Pero la ciudad no parte desde cero.

Una de las principales fortalezas actuales está en sus reservas de agua. El sistema de Chingaza, que abastece cerca del 70 % del consumo de la capital, ha mostrado una recuperación significativa. Mientras en 2024 apenas contaba con 46 millones de metros cúbicos —equivalentes a menos de un mes de suministro en condiciones extremas—, hoy supera los 120 millones y se encuentra por encima de su nivel habitual para esta época del año.

A esto se suma una mejora en los otros sistemas. El agregado norte, donde se ubica la planta de Tibitoc, alcanza niveles cercanos al 55 %, y el sistema sur ronda el 56 %, lo que amplía el margen de maniobra ante una posible sequía.

Sin embargo, la experiencia reciente ha dejado lecciones claras.

La crisis de 2024 no solo fue producto de la falta de lluvias. También estuvo marcada por factores como la contaminación del río Bogotá, que obligó a usar agua de los embalses para diluirla y poder tratarla, y por limitaciones operativas en la planta de Tibitoc, que en ese momento no funcionaba a plena capacidad.

Hoy, el enfoque es distinto.

La estrategia de seguridad hídrica incluye medidas como el fortalecimiento del uso de Tibitoc, que ahora puede cubrir hasta el 45 % de la demanda, reduciendo la presión sobre Chingaza. Además, se han implementado planes que abarcan modelación de escenarios, exploración de fuentes subterráneas, reutilización de agua tratada y reducción de pérdidas en la red.

Pero hay un factor que sigue siendo determinante: el comportamiento ciudadano.

Se estima que cerca del 34 % del agua se pierde por fugas o conexiones ilegales, una cifra crítica en escenarios de sequía. Esto significa que, más allá de la infraestructura, la gestión del recurso depende también del uso responsable por parte de la población.

Aunque el consumo se ha mantenido estable tras la crisis anterior, los expertos insisten en que el ahorro debe convertirse en un hábito permanente, especialmente ante un panorama climático incierto.

Bogotá enfrenta así un doble desafío.

Por un lado, demostrar que aprendió de la crisis y que puede responder mejor ante un nuevo fenómeno de El Niño. Por otro, mantener el equilibrio entre la confianza institucional y la prudencia frente a un evento que, por naturaleza, es impredecible.

La ciudad hoy tiene más agua.

Pero también más memoria. Y esa combinación será clave para lo que viene.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí