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Fajardo volvió a la escoba: el símbolo viejo con el que intenta salvar su campaña

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Fajardo sosteniendo una escoba y levantando la mano en numero 5.

Cuando una campaña no logra instalar una idea nueva, casi siempre termina buscando refugio en una imagen vieja. Eso fue lo que hizo Sergio Fajardo al reaparecer rodeado de escobas para relanzar su discurso anticorrupción. La escena fue diseñada para ser compartida, fotografiada y entendida en segundos. Pero también dejó una lectura menos amable: la de un candidato que tuvo que volver a un símbolo gastado porque todavía no consigue prender de verdad en la conversación presidencial.

La puesta en escena se hizo frente a oficinas de Ecopetrol, en medio de la discusión por el posible relevo de su presidente, investigado por tráfico de influencias. Fajardo llegó acompañado por su fórmula vicepresidencial, Edna Bonilla, y por Jorge Enrique Robledo, en un intento por mostrar bloque, coherencia y una causa común. Pero en política la escenografía no siempre alcanza. A veces, cuando el recurso es demasiado evidente, lo que resalta no es la fuerza del mensaje sino la necesidad detrás del mensaje.

Y esa necesidad es clara. Fajardo lleva meses intentando recuperar centralidad en una contienda donde otros candidatos hacen más ruido, polarizan más o conectan con emociones más intensas. Volver a la corrupción como bandera no es casual: es el terreno donde cree sentirse más cómodo, el idioma político que ya habló antes y la zona donde todavía espera conservar alguna credibilidad diferencial. El problema es que Colombia cambió, el cansancio del electorado cambió y repetir una fórmula conocida no garantiza que vuelva a funcionar.

Además, la apuesta tiene una contradicción difícil de esconder. Hablar contra la corrupción siempre suma en abstracto, pero cada vez cuesta más convertir esa indignación general en una identidad política exclusiva. Ya no basta con decir “yo sí soy decente”. El votante quiere saber quién puede ganar, quién puede gobernar y quién tiene una energía distinta a la de campañas anteriores. Ahí es donde Fajardo sigue mostrando el mismo problema: insiste en parecer correcto cuando el país está buscando algo más fuerte que corrección.

La escoba, en ese sentido, funciona como símbolo doble. Por un lado, intenta recordar al Fajardo que alguna vez conectó con una parte del electorado urbano, moderado y cansado de la politiquería. Por otro, expone la sensación de una candidatura que mira demasiado hacia atrás. Más que renovación, la imagen transmite nostalgia de una versión anterior de sí mismo. Y en una campaña presidencial, eso puede ser letal.

Fajardo todavía puede intentar que el tema anticorrupción le devuelva aire. Pero el gesto de esta semana deja una pregunta abierta: si para volver a hacerse visible necesita recurrir a un símbolo tan viejo, ¿no será porque su campaña todavía no encuentra nada nuevo que ofrecer?

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