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De la Espriella: más denuncias que propuestas, más revancha que gobierno

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Abelardo de la Espriella sigue escalando el tono de su campaña con denuncias de persecución, cartas internacionales y promesas de castigo político. El problema es que todavía se ve más revancha que proyecto de gobierno

La campaña de Abelardo de la Espriella se parece cada vez más a una ofensiva judicial y mediática que a una candidatura presidencial con programa robusto. En vez de instalar una conversación sostenida sobre economía, educación, salud o gestión, el candidato viene ocupando la agenda con denuncias de persecución, cartas a autoridades internacionales y discursos cada vez más cargados de agravio y revancha.

En los últimos días, De la Espriella envió comunicaciones a autoridades de Estados Unidos y Europa denunciando supuesto “perfilamiento político” e “interceptación ilegal” en su contra, y pidió vigilancia internacional sobre el proceso electoral colombiano. Más tarde, en entrevista con Infobae, aseguró que le están aplicando “la misma” que a Miguel Uribe Turbay y volvió a insistir en que el Gobierno estaría detrás de seguimientos irregulares. Hasta ahora, sin embargo, la conversación pública que logra instalar no es la de una propuesta de país sino la de una candidatura que vive en estado de alarma permanente.

El problema no es que un candidato denuncie irregularidades si cree que existen. El problema es cuando esa denuncia se convierte en el centro de gravedad de la campaña. Ahí es donde De la Espriella empieza a verse menos como un aspirante presidencial y más como un abogado litigando en tiempo real su propio personaje político. El tono ya no es el de alguien que quiere gobernar, sino el de alguien que quiere demostrar que el sistema está contra él.

A eso se suma una línea de discurso todavía más delicada: la de la revancha. En la misma entrevista con Infobae, De la Espriella dejó claro que, si llega al poder, lo de Petro “no puede quedar impune”. Esa frase no es menor. No habla de reforma, no habla de instituciones, no habla de transición política ni de prioridades nacionales. Habla de castigo. Y cuando una candidatura habla más de a quién quiere cobrarle que de qué quiere construir, la sensación que deja no es de liderazgo: es de ajuste de cuentas.

Ese estilo puede producir ruido, movilizar sectores duros y consolidar una base emocional de indignación. Pero no necesariamente construye mayoría ni confianza de gobierno. Una campaña presidencial no se gana solo acumulando agravios, denuncias y sospechas. También necesita demostrar que tiene respuestas para un país que sigue discutiendo costo de vida, seguridad, empleo, regiones y servicios públicos. Hoy, en el caso de De la Espriella, esa parte sigue viéndose demasiado débil frente al volumen de escándalo que produce.

Por eso el problema de fondo no es solo de tono. Es de proporción. Si un candidato consigue que se hable más de sus cartas a Washington que de su agenda de gobierno, más de sus denuncias de interceptación que de su plan económico, y más de su promesa de castigo que de su idea de país, entonces quizá no está construyendo una presidencia. Quizá está construyendo apenas una escena. Y en política, las escenas pueden durar mucho menos que un gobierno.

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